SINOPSIS

Todas las tardes Blas, carpintero de oficio, se dirige a una plaza donde talla una madera usando la escultura de una mujer como modelo. Esta es la imagen de Dafne, diosa griega símbolo de la belleza y la resistencia. Mientras realiza esta tarea come una naranja, guardando las semillas en su bolsillo, para luego sembrarlas en la tierra. Un día aparece Funes, sujeto de aspecto lúgubre, cargando un bolso y una botella de vino, quien, decidido a quitarse la vida en ese mismo lugar, se sienta frente a él a observar como realiza el tallado de la escultura.
Blas comienza a contarle a Funes que todas las tardes se dirige a ese lugar para realizar ese tallado, que después intenta regalar, pero esto se hace imposible ya que cada vez que lo ofrece la escultura se rompe. También le cuenta que en un momento en el que no tenía fuerzas y creía que la vida no tenía sentido, decidió regalar su taller a un vecino y se dedicó a tallar imágenes de Cristo, hasta que un día una de esas imágenes le dijo que “la salvación era un misterio”. Esas palabras modificaron su vida convirtiéndose en una obsesión, y motivándolo a dedicarse a dar sermones sobre la salvación eterna. A partir de allí, Blas decidió refugiarse en los sentimientos y en los afectos, encontrando placer en ayudar al prójimo.
Ante la experiencia contada por Blas, Funes inicia una discusión sobre el sentido de la existencia del hombre y sobre la relatividad de su trascendencia adoptando una posición pesimista ante la vida, desde la que refuta la posición adoptada por el otro personaje. Funes es un intelectual depresivo, que ha decidido que ese sea el último día de su vida, y por esa razón porta un revólver.
Ambos personajes beben y conversan. Blas, vacilante y tímido, trata de convencer a Funes para que abandone la idea del suicidio. Pero esto no ocurre, y una vez ebrio Funes, intenta quitarse la vida, ocasionando un accidente, que modifica la relación entre los dos personajes, pero no su posición ante la vida.
La obra plantea el conflicto entre, por un lado, la desesperación del hombre por la inutilidad del sufrimiento para cambiar un mundo que no responde a sus necesidades y, por el otro, el placer de disfrutar las cosas sencillas de la vida.

Personajes: 3
Escenografía: 1
Duración: 70 minutos
Vestuario: actual.

PUESTAS

2000 | Buenos Aires

Elenco
José María López
Jorge Ochoa
Mariana Elizalde

Escenografía y vestuario
Stella Maris Iglesias

Dirección
Eduardo Rovner

Teatro
:
Teatro del Pueblo

2005 | Murcia

Elenco
Juan Carlos de Ibarra
Salvador Serrano
Macarena Domínguez

Producción
Aula Teatro de la Universidad de Murcia

Dirección Adjunta
Nieves Pérez Abad

Dirección
Eduardo Rovner

Teatro
Sala Isidoro Marquez –Murcia

Fecha de estreno
26 de noviembre de 2005

Praga
Fue montada en la ciudad de Praga, en el teatro Solidaritá, dirigida por Eva Bergerova, y estuvo cinco años en cartel.

2017

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con Gabriel Wolf y Maxi Paz. Dirección: Tony Lestinghi.

CRÍTICAS

Noticias - 17/6/00 - Ernesto Schoo
“Encuentros peligrosos”

“Desde la “Historia del Zoo” de Edward Albee, estrenada en 1948, los encuentros de dos desconocidos que traban conversación en un parque público terminan mal. El esquema se ha convertido casi en un subgénero, y La mosca blanca no escapa a este destino.
Es una miniatura cincelada con mucho humor (de a ratos, negro), mucha fantasía y seguro oficio. (...) La gracia está en el brillo del diálogo, a través del cual se enfrentan dos concepciones opuestas de la existencia: la del idealista desengañado y la del realista a lo Sancho Panza, con sus dosis de sensatez no exenta de mediocridad. Que nunca llegarán a entenderse sería la conclusión, sólo que un incidente –o, mejor, accidente- acaso previsible, altera de pronto las reglas del juego y deja un final abierto a todas las conjeturas. (...)
Quien escribe esta crónica no es, en absoluto, partidario de que los autores dirijan sus propias obras. Pero debe reconocer que Rovner mueve La mosca blanca con idoneidad, o sentido del espacio y precisa marcación de actores. El espectáculo –por muchas razones valioso- cuneta con una ventaja adicional: es breve.”

Esto que pasa- 15/6/00 - Luis Mazas
“Las partes del todo”

“Un hombre, busca en una plaza, un lugar para pegarse un tiro. Otro hombre talla allí mismo torpes réplicas en madera de una estatua de Daphne (...). Los dos se encontrarán a través de los opuestos vida-muerte que personifican. El tallador es un trastornado, un ser puro y simple. El suicida en potencia aparece como un lunático perseguidor de fantasmas y especulaciones trascendentes. Ambos conforman las dos partes que suelen convivir en un ser humano.
Esta es la propuesta del autor y director argentino Eduardo Rovner. Hay una serie de anécdotas que le prestan carne teatral, además de espíritu, a la historia. Pero no intentan ocultar la preocupación esencial del autor. La acción se plantea casi exclusivamente en un marco realista.(...) en esa actitud económica elegida, Rovner mueve bien a sus criaturas con una exposición escénica clara y directa. (...) Es interesante que en este momento de ligereza y banalidad generalizadas, un autor se atreva a la utopía con temas especulativos que se suponen poco populares y no muy indicados para la consumición del espectador apurado.”

Página 12- 16/6/00 - Hilda Cabrera
“Las preguntas ¿sin respuestas? Del suicida y su amigo español”

“La mosca blanca, que marca el debut en la dirección del dramaturgo Eduardo Rovner, es una indagación sobre qué sentido tiene vivir.
“¿Usted pensaba que después de haberlo salvado iba a sentir que la vida tenía sentido y no me iba a matar?” Esto lo dice Funes, el personaje que en La mosca blanca parece actuar guiado sobre todo por sus pulsiones, aún cuando sea el que represente aquí al intelectual. Este hombre se contradice, pierde la compostura y desarticula con tempestuosos giros el diálogo que sostiene con Blas, un español que prefiere refugiarse en los recovecos de sus emociones antes que perderse en los laberintos del pensamiento. Son los protagonistas de una escena montada como si se tratara de un ocasional encuentro. A poco de iniciarse la acción se verá, sin embargo, que allí nada es fortuito, y que tampoco lo son los asuntos que le quitan las ganas de vivir a Funes. Entre otros, aquellos que se refieren, ¡nada menos!, a los porqué y para qué de la existencia humana, y a la posibilidad de modificar alguna que otra realidad adversa. Aún cuando en ningún momento se produzca una inversión o identificación de dos contrarios aparentes, Funes y Blas podrían ser espejo de facetas interiores de un mismo individuo, debatiéndose entre fantasías, recuerdos y ensoñaciones. Esta suposición es razonable teniendo en cuenta que todas las escenas se juegan en un espacio afín a las transfiguraciones, como es una plaza solitaria durante el otoño y al final del día. Por eso puede creerse que no están solos y que si el mundo de lo real es caótico y múltiple, el de las ensoñaciones lo es probablemente más todavía. A nadie podría sorprenderle entonces que en un universo de esas características los deseos apremien y una estatua se enamore.
Con Funes, Blas y la figura blanca e inmóvil de una mujer, Eduardo Rovner (quien debuta aquí como director, y de una obra propia) desarrolla una pieza breve (de sólo 55 minutos), que plantea con raro humor problemas existenciales básicos. Es así que a través de diálogos sustanciosos y sintéticos, conforma una vivaz metafísica de lo cotidiano, desdeñando incorporar elementos costumbristas. Por el contrario, se advierte un especial interés en introducir un matiz surreal, logrado en parte a través del personaje de Daphne, la estatua-testigo del catártico encuentro entre Funes y Blas (...). Daphne retrata la inocencia de sentimientos, pero también una melancolía nacida del deseo insatisfecho. Este personaje da cuenta, en todo caso, de la fragilidad del pensamiento (la del intelectual Funes, por ejemplo) Y lo inalcanzable de los sueños. Expresa de un modo fantasmático un poético paréntesis en el fluir de lo real y resume esa porción de vida no vivida que extrañan tanto (acaso sólo por haberla soñado) Funes y Blas. La mujer-estatua invita con su sola presencia a ingresar en el plano de la ensoñación, espacio al que en este montaje aportan clima los juegos de luces (...) y la escenografía y vestuario (...). En esa atmósfera, enzarzados en sus diálogos, el suicida Funes y el pacífico Blas alteran el orden de lo cotidiano y generan preguntas sin respuestas. Este es quizás el punto más ambicioso de esta obra de final abierto, trabajada al borde de lo real, como Sócrates, el encantador de almas, Tinieblas de un escritor enamorado y El otro y su sombra, también de Rovner.”

Buenos Aires Herald- 26/6/00 - Marcos Montes
“A colourful encounter”
“Theatregoers’ choice”

“In La mosca blanca (...) confronts two characters: Funes, a broody, romantic man deep knowledge of philosophy has persuaded him the best he can do is kill himself for there’s no hope out there; and Blas, a kind, simple craftsman, completely alien to that spiralling reasoning essential to Funes’ living.
Funes, minutely portrayed by the talented José María López, is nervous, incredulous, and derisive. Jorge Ochoa, fills his Spanish Blas with humility and sympathy. (...)
Daphne is a statue played by Mariana Elizalde, who is responsible for a key moment in the play carried out with true emotion. (...).
Rovner directed this play in a thoughtful way, concentrating on the characters’ objectives. He achieved beautiful images, like the one that finds Funes and Blas lying in the moonlight, hearts and minds closer than they could ever fancy.
La mosca blanca is a short, sensitive play that leaves audiences feeling they’ve wandered into someone’s broken dreams and unspoken ideals.”

La Maga- 17/6/00
“Una delicada pieza teatral”

“La estatua de Daphne (...) se mantiene erguida en un rincón de la sala más pequeña del Teatro del Pueblo. Además hay un banco de mármol, algunas hojas secas y una sugestiva música clásica de fondo. Todo está apoyado en el piso muy cerca de las sillas que hacen de butacas. Eduardo Rovner –el autor y director de La mosca blanca- logra crear con casi nada el clima necesario para transportar al público hasta una plaza. El silencio ayuda al carpintero a concentrarse en tallar una efigie. Hasta que de pronto, es sorprendido por un visitante desconocido.(...)
El peculiar dúo se ve enfrentado en una picante charla que se desliza a lo largo del texto con natural fluidez.
Sócrates, el encantador de almas, El otro y su sombra, y Tinieblas de un escritor enamorado (...) fueron el preámbulo que Rovner necesitó para llegar a La mosca blanca. (...) –al igual que las otras- tiene un trasfondo filosófico y usa el recurso de hacer jugar a los personajes reales, con los de fantasía. Entonces surge la pregunta: ¿Cuál es el verdadero protagonista y quién es su sombra? ¿Es Funes el lado oscuro del inocente español? ¿O Blas es sólo el eclipse del pensador desencantado?
La mosca blanca transcurre en una plaza supuesta, que en realidad es una suerte de mundo poético paralelo y algo naif. Éste es el marco favorable para que los personajes se sientan reales y no resulten demasiado expresionistas. Así –con la magia del teatro de por medio- el quimérico Blas y el desilusionado Funes llevan la pieza con elegancia hasta su tragicómico remate. Una obra de teatro que apunta a lo sencillo y mueve grandes emociones. Los aplausos del final, son más que justificados.”

El Cronista - Osvaldo Quiroga -
“Con valiosa puesta en escena del autor”

“Las heridas de Eduardo Rovner en un espectáculo atractivo”
“Si por algo se caracteriza el teatro de Eduardo Rovner es porque la realidad es invadida por la fantasía y la fantasía por la realidad. El registro estético en el teatro del autor de Volvió una noche y Concierto de aniversario suele ser ambiguo y evanescente. Como en la vida, sus personajes sueñan con mundos, que no siempre alcanzan a construir. En el medio de cierto desasosiego, sin embargo, vislumbran alguna salida mostrándose piadosos y humanos. Las criaturas de Rovner no son esquemáticas, apuestan a la existencia aun aceptando la precariedad en la que se desenvuelven.
La mosca blanca escrita y dirigida por Rovner, no escapa a esta tendencia que atraviesa toda su dramaturgia. Los conflictos éticos que plantea aquí, como lo hace en Sócrates, el encantador de almas, guardan estrecha relación con una mirada piadosa sobre el mundo. Una mirada que lo lleva a reunir en el escenario a dos hombres que ven la vida de manera muy diferente. Funes, el intelectual, representa al desesperanzado, a punto de suicidarse, mientras que Blas es el hombre simple que disfruta de la contemplación y los afectos.
La síntesis entre ambas posturas llega con una réplica iluminada: “No se amargue, Funes, por lo menos estamos heridos...”, dice Blas. Vivir herido es casi la única posibilidad que tiene el hombre de atravesar el camino que va de la cuna a la tumba.(...).
Eduardo Rovner, como dramaturgo, le ha dado al teatro argentino muy buenas obras, de ahí que no resulten sorpresivos los méritos de La mosca blanca; lo que sí llama la atención es su capacidad para dirigir. Es la primera vez que Rovner se anima a poner en escena una obra suya. Y lo que en otros autores más de una vez ha terminado en bochorno, en él, en cambio, se convierte en un acierto.
Cada escena tiene aquí un tono y una escritura en el espacio que nace de la acción dramática y llega al espectador a través de la luz, el sonido y la palabra. Si a esto sumamos dos excelentes actuaciones, la de José María López , en el papel de Funes, y la de Jorge Ochoa, en la piel de Blas, el resultado es altamente satisfactorio. (...)
La estatua de Dafne, símbolo de la belleza y la resistencia (...) produce una de las escenas más bellas de la obra. También es una de las secuencias más conceptuales, dado que en ella anuda una concepción desarrollada en el teatro de Rovner de los últimos años: las fantasías forman parte del yo y el yo no existe independientemente de sus fantasías.”

La Nación - Alejandra Herren
“Juegos de conflicto en un banco de plaza”

“(...) Lejos de proponer un juego de acciones en términos físicos, la obra juega con un atractivo entretejido de vínculos, pensamientos, emociones, desesperación y humor. Ese humor ácido tan característico de Eduardo Rovner.
Un banco de plaza y un espacio otoñal prefiguran el marco para el encuentro entre Blas, un gallego sin mayores luces, y Funes, un pensador que se debate en la desesperación por el sinsentido que el mundo le devuelve. En un sentido, son personajes opuestos. Pero, por aquello de que los opuestos se tocan, establecerán entre ellos un enredo de creencias y tendencias de potente intensidad dramática.
El mundo y sus espejos en relación con el hombre y sus sueños bien podrían establecerse como tema central del espectáculo. Parece pomposo, pero el autor tiene la habilidad de humanizar el profundo conflicto metafísico en el que desemboca el juego.
(...) Por lo demás, La mosca blanca es un espectáculo que despertará, seguramente, más de una identificación en la platea, dados los tiempos que corren, y que invita a disfrutar del humor y el pensamiento.”

(011) 4826-4255
(011) 5639 3853
eduardo.rovner@gmail.com