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| La mosca blanca |
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Personajes: 3
Escenografía: 1
Duración: 70 minutos
Vestuario: actual.
Todas las tardes Blas, carpintero de oficio, se dirige
a una plaza donde talla una madera usando la escultura
de una mujer como modelo. Esta es la imagen de Dafne,
diosa griega símbolo de la belleza y la resistencia.
Mientras realiza esta tarea come una naranja, guardando
las semillas en su bolsillo, para luego sembrarlas en
la tierra. Un día aparece Funes, sujeto de aspecto
lúgubre, cargando un bolso y una botella de vino,
quien, decidido a quitarse la vida en ese mismo lugar,
se sienta frente a él a observar como realiza
el tallado de la escultura.
Blas comienza a contarle a Funes que todas las tardes
se dirige a ese lugar para realizar ese tallado, que
después intenta regalar, pero esto se hace imposible
ya que cada vez que lo ofrece la escultura se rompe.
También le cuenta que en un momento en el que
no tenía fuerzas y creía que la vida no
tenía sentido, decidió regalar su taller
a un vecino y se dedicó a tallar imágenes
de Cristo, hasta que un día una de esas imágenes
le dijo que "la salvación era un misterio". Esas
palabras modificaron su vida convirtiéndose en
una obsesión, y motivándolo a dedicarse
a dar sermones sobre la salvación eterna. A partir
de allí, Blas decidió refugiarse en los
sentimientos y en los afectos, encontrando placer en
ayudar al prójimo.
Ante la experiencia contada por Blas, Funes inicia una
discusión sobre el sentido de la existencia del
hombre y sobre la relatividad de su trascendencia adoptando
una posición pesimista ante la vida, desde la
que refuta la posición adoptada por el otro personaje.
Funes es un intelectual depresivo, que ha decidido que
ese sea el último día de su vida, y por
esa razón porta un revólver.
Ambos personajes beben y conversan. Blas, vacilante
y tímido, trata de convencer a Funes para que
abandone la idea del suicidio. Pero esto no ocurre,
y una vez ebrio Funes, intenta quitarse la vida, ocasionando
un accidente, que modifica la relación entre
los dos personajes, pero no su posición ante
la vida.
La obra plantea el conflicto entre, por un lado, la
desesperación del hombre por la inutilidad del
sufrimiento para cambiar un mundo que no responde a
sus necesidades y, por el otro, el placer de disfrutar
las cosas sencillas de la vida.
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| 2000 | Buenos Aires |
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Elenco
José María López
Jorge Ochoa
Mariana Elizalde
Escenografía y vestuario
Stella Maris Iglesias
Dirección
Eduardo Rovner
Teatro:
Teatro del Pueblo |

Noticias - 17/6/00 - Ernesto Schoo
“Encuentros peligrosos” “Desde
la “Historia del Zoo” de Edward Albee, estrenada
en 1948, los encuentros de dos desconocidos que traban
conversación en un parque público terminan
mal. El esquema se ha convertido casi en un subgénero,
y La mosca blanca no escapa a este destino.
Es una miniatura cincelada con mucho humor (de a ratos,
negro), mucha fantasía y seguro oficio. (...) La
gracia está en el brillo del diálogo, a
través del cual se enfrentan dos concepciones opuestas
de la existencia: la del idealista desengañado
y la del realista a lo Sancho Panza, con sus dosis de
sensatez no exenta de mediocridad. Que nunca llegarán
a entenderse sería la conclusión, sólo
que un incidente –o, mejor, accidente- acaso previsible,
altera de pronto las reglas del juego y deja un final
abierto a todas las conjeturas. (...)
Quien escribe esta crónica no es, en absoluto,
partidario de que los autores dirijan sus propias obras.
Pero debe reconocer que Rovner mueve La mosca blanca con
idoneidad, o sentido del espacio y precisa marcación
de actores. El espectáculo –por muchas razones
valioso- cuneta con una ventaja adicional: es breve.”
Esto que pasa- 15/6/00 - Luis Mazas
“Las partes del todo” “Un
hombre, busca en una plaza, un lugar para pegarse un tiro.
Otro hombre talla allí mismo torpes réplicas
en madera de una estatua de Daphne (...). Los dos se encontrarán
a través de los opuestos vida-muerte que personifican.
El tallador es un trastornado, un ser puro y simple. El
suicida en potencia aparece como un lunático perseguidor
de fantasmas y especulaciones trascendentes. Ambos conforman
las dos partes que suelen convivir en un ser humano.
Esta es la propuesta del autor y director argentino Eduardo
Rovner. Hay una serie de anécdotas que le prestan
carne teatral, además de espíritu, a la
historia. Pero no intentan ocultar la preocupación
esencial del autor. La acción se plantea casi exclusivamente
en un marco realista.(...) en esa actitud económica
elegida, Rovner mueve bien a sus criaturas con una exposición
escénica clara y directa. (...) Es interesante
que en este momento de ligereza y banalidad generalizadas,
un autor se atreva a la utopía con temas especulativos
que se suponen poco populares y no muy indicados para
la consumición del espectador apurado.”
Página 12- 16/6/00 - Hilda Cabrera
“Las preguntas ¿sin respuestas? Del suicida
y su amigo español” “La
mosca blanca, que marca el debut en la dirección
del dramaturgo Eduardo Rovner, es una indagación
sobre qué sentido tiene vivir. “¿Usted
pensaba que después de haberlo salvado iba a sentir
que la vida tenía sentido y no me iba a matar?”
Esto lo dice Funes, el personaje que en La mosca blanca
parece actuar guiado sobre todo por sus pulsiones, aún
cuando sea el que represente aquí al intelectual.
Este hombre se contradice, pierde la compostura y desarticula
con tempestuosos giros el diálogo que sostiene
con Blas, un español que prefiere refugiarse en
los recovecos de sus emociones antes que perderse en los
laberintos del pensamiento. Son los protagonistas de una
escena montada como si se tratara de un ocasional encuentro.
A poco de iniciarse la acción se verá, sin
embargo, que allí nada es fortuito, y que tampoco
lo son los asuntos que le quitan las ganas de vivir a
Funes. Entre otros, aquellos que se refieren, ¡nada
menos!, a los porqué y para qué de la existencia
humana, y a la posibilidad de modificar alguna que otra
realidad adversa. Aún cuando en ningún momento
se produzca una inversión o identificación
de dos contrarios aparentes, Funes y Blas podrían
ser espejo de facetas interiores de un mismo individuo,
debatiéndose entre fantasías, recuerdos
y ensoñaciones. Esta suposición es razonable
teniendo en cuenta que todas las escenas se juegan en
un espacio afín a las transfiguraciones, como es
una plaza solitaria durante el otoño y al final
del día. Por eso puede creerse que no están
solos y que si el mundo de lo real es caótico y
múltiple, el de las ensoñaciones lo es probablemente
más todavía. A nadie podría sorprenderle
entonces que en un universo de esas características
los deseos apremien y una estatua se enamore.
Con Funes, Blas y la figura blanca e inmóvil de
una mujer, Eduardo Rovner (quien debuta aquí como
director, y de una obra propia) desarrolla una pieza breve
(de sólo 55 minutos), que plantea con raro humor
problemas existenciales básicos. Es así
que a través de diálogos sustanciosos y
sintéticos, conforma una vivaz metafísica
de lo cotidiano, desdeñando incorporar elementos
costumbristas. Por el contrario, se advierte un especial
interés en introducir un matiz surreal, logrado
en parte a través del personaje de Daphne, la estatua-testigo
del catártico encuentro entre Funes y Blas (...).
Daphne retrata la inocencia de sentimientos, pero también
una melancolía nacida del deseo insatisfecho. Este
personaje da cuenta, en todo caso, de la fragilidad del
pensamiento (la del intelectual Funes, por ejemplo) Y
lo inalcanzable de los sueños. Expresa de un modo
fantasmático un poético paréntesis
en el fluir de lo real y resume esa porción de
vida no vivida que extrañan tanto (acaso sólo
por haberla soñado) Funes y Blas. La mujer-estatua
invita con su sola presencia a ingresar en el plano de
la ensoñación, espacio al que en este montaje
aportan clima los juegos de luces (...) y la escenografía
y vestuario (...). En esa atmósfera, enzarzados
en sus diálogos, el suicida Funes y el pacífico
Blas alteran el orden de lo cotidiano y generan preguntas
sin respuestas. Este es quizás el punto más
ambicioso de esta obra de final abierto, trabajada al
borde de lo real, como Sócrates, el encantador
de almas, Tinieblas de un escritor enamorado y El otro
y su sombra, también de Rovner.”
Buenos Aires Herald- 26/6/00 - Marcos Montes
“A colourful encounter”
“Theatregoers’ choice”
“In La mosca blanca (...) confronts two characters:
Funes, a broody, romantic man deep knowledge of philosophy
has persuaded him the best he can do is kill himself for
there’s no hope out there; and Blas, a kind, simple
craftsman, completely alien to that spiralling reasoning
essential to Funes’ living.
Funes, minutely portrayed by the talented José
María López, is nervous, incredulous, and
derisive. Jorge Ochoa, fills his Spanish Blas with humility
and sympathy. (...)
Daphne is a statue played by Mariana Elizalde, who is
responsible for a key moment in the play carried out with
true emotion. (...).
Rovner directed this play in a thoughtful way, concentrating
on the characters’ objectives. He achieved beautiful
images, like the one that finds Funes and Blas lying in
the moonlight, hearts and minds closer than they could
ever fancy.
La mosca blanca is a short, sensitive play that leaves
audiences feeling they’ve wandered into someone’s
broken dreams and unspoken ideals.” La
Maga- 17/6/00
“Una delicada pieza teatral”
“La estatua de Daphne (...) se mantiene erguida
en un rincón de la sala más pequeña
del Teatro del Pueblo. Además hay un banco de mármol,
algunas hojas secas y una sugestiva música clásica
de fondo. Todo está apoyado en el piso muy cerca
de las sillas que hacen de butacas. Eduardo Rovner –el
autor y director de La mosca blanca- logra crear con casi
nada el clima necesario para transportar al público
hasta una plaza. El silencio ayuda al carpintero a concentrarse
en tallar una efigie. Hasta que de pronto, es sorprendido
por un visitante desconocido.(...)
El peculiar dúo se ve enfrentado en una picante
charla que se desliza a lo largo del texto con natural
fluidez.
Sócrates, el encantador de almas, El otro y su
sombra, y Tinieblas de un escritor enamorado (...) fueron
el preámbulo que Rovner necesitó para llegar
a La mosca blanca. (...) –al igual que las otras-
tiene un trasfondo filosófico y usa el recurso
de hacer jugar a los personajes reales, con los de fantasía.
Entonces surge la pregunta: ¿Cuál es el
verdadero protagonista y quién es su sombra? ¿Es
Funes el lado oscuro del inocente español? ¿O
Blas es sólo el eclipse del pensador desencantado?
La mosca blanca transcurre en una plaza supuesta, que
en realidad es una suerte de mundo poético paralelo
y algo naif. Éste es el marco favorable para que
los personajes se sientan reales y no resulten demasiado
expresionistas. Así –con la magia del teatro
de por medio- el quimérico Blas y el desilusionado
Funes llevan la pieza con elegancia hasta su tragicómico
remate. Una obra de teatro que apunta a lo sencillo y
mueve grandes emociones. Los aplausos del final, son más
que justificados.” El Cronista
- Osvaldo Quiroga -
“Con valiosa puesta en escena del autor”
“Las heridas de Eduardo Rovner en un espectáculo
atractivo” “Si por algo se caracteriza
el teatro de Eduardo Rovner es porque la realidad es invadida
por la fantasía y la fantasía por la realidad.
El registro estético en el teatro del autor de
Volvió una noche y Concierto de aniversario suele
ser ambiguo y evanescente. Como en la vida, sus personajes
sueñan con mundos, que no siempre alcanzan a construir.
En el medio de cierto desasosiego, sin embargo, vislumbran
alguna salida mostrándose piadosos y humanos. Las
criaturas de Rovner no son esquemáticas, apuestan
a la existencia aun aceptando la precariedad en la que
se desenvuelven.
La mosca blanca escrita y dirigida por Rovner, no escapa
a esta tendencia que atraviesa toda su dramaturgia. Los
conflictos éticos que plantea aquí, como
lo hace en Sócrates, el encantador de almas, guardan
estrecha relación con una mirada piadosa sobre
el mundo. Una mirada que lo lleva a reunir en el escenario
a dos hombres que ven la vida de manera muy diferente.
Funes, el intelectual, representa al desesperanzado, a
punto de suicidarse, mientras que Blas es el hombre simple
que disfruta de la contemplación y los afectos.
La síntesis entre ambas posturas llega con una
réplica iluminada: “No se amargue, Funes,
por lo menos estamos heridos...”, dice Blas. Vivir
herido es casi la única posibilidad que tiene el
hombre de atravesar el camino que va de la cuna a la tumba.(...).
Eduardo Rovner, como dramaturgo, le ha dado al teatro
argentino muy buenas obras, de ahí que no resulten
sorpresivos los méritos de La mosca blanca; lo
que sí llama la atención es su capacidad
para dirigir. Es la primera vez que Rovner se anima a
poner en escena una obra suya. Y lo que en otros autores
más de una vez ha terminado en bochorno, en él,
en cambio, se convierte en un acierto.
Cada escena tiene aquí un tono y una escritura
en el espacio que nace de la acción dramática
y llega al espectador a través de la luz, el sonido
y la palabra. Si a esto sumamos dos excelentes actuaciones,
la de José María López , en el papel
de Funes, y la de Jorge Ochoa, en la piel de Blas, el
resultado es altamente satisfactorio. (...)
La estatua de Dafne, símbolo de la belleza y la
resistencia (...) produce una de las escenas más
bellas de la obra. También es una de las secuencias
más conceptuales, dado que en ella anuda una concepción
desarrollada en el teatro de Rovner de los últimos
años: las fantasías forman parte del yo
y el yo no existe independientemente de sus fantasías.”
La Nación - Alejandra Herren
“Juegos de conflicto en un banco de plaza”
“(...) Lejos de proponer un juego de acciones en
términos físicos, la obra juega con un atractivo
entretejido de vínculos, pensamientos, emociones,
desesperación y humor. Ese humor ácido tan
característico de Eduardo Rovner.
Un banco de plaza y un espacio otoñal prefiguran
el marco para el encuentro entre Blas, un gallego sin
mayores luces, y Funes, un pensador que se debate en la
desesperación por el sinsentido que el mundo le
devuelve. En un sentido, son personajes opuestos. Pero,
por aquello de que los opuestos se tocan, establecerán
entre ellos un enredo de creencias y tendencias de potente
intensidad dramática.
El mundo y sus espejos en relación con el hombre
y sus sueños bien podrían establecerse como
tema central del espectáculo. Parece pomposo, pero
el autor tiene la habilidad de humanizar el profundo conflicto
metafísico en el que desemboca el juego.
(...) Por lo demás, La mosca blanca es un espectáculo
que despertará, seguramente, más de una
identificación en la platea, dados los tiempos
que corren, y que invita a disfrutar del humor y el pensamiento.” |
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| 2005 | Murcia |
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Elenco
Juan Carlos de Ibarra
Salvador Serrano
Macarena Domínguez
Diseño de Iluminación
Manolo Ortín
Técnico de Iluminación
Emilio Ayala
Producción
Aula Teatro e la Universidad de Murcia
Espacio Escénico
Eduardo Rovner
Nieves Pérez Abad
Dirección Adjunta
Nieves Pérez Abad
Dirección
Eduardo Ronver
Teatro
Sala Isidoro Maiquez –Murcia
Fecha de estreno
26 de noviembre de 2005
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