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| Lejana tierra mía |
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Personajes: 2 Escenografía:
1 Duración: 60 min. Vestuario:
actual.
Un padre y un hijo están pintando juntos un mural
que describe una casita en medio de un bosque y en el
fondo un pueblo. El mismo puede estar sugerido por un
marco sin tela, de manera tal que los personajes simularían
estar pintando frente al público.
El padre, permanentemente critica la sociedad injusta
y corrupta, sueña con un mundo mejor, se muestra
harto de la vida alienada de la ciudad y recrimina al
hijo su falta de compromiso con la realidad. También
expresa, cada tanto, su deseo de irse a vivir a un pueblo
como el que están pintando. A su vez, el hijo cuestiona
al padre su estilo realista por pasado de moda y se defiende
de los cuestionamientos del padre bromeando o argumentando
que a él, simplemente, lo conforma vivir. Por otra
parte, el padre, cada tanto, descubre pinceladas que no
le pertenecen y acusa al hijo de meterse en la zona que
a él el corresponde. El hijo niega, aduciendo que
no tiene la culpa de que el padre esté más
viejo y ya no recuerde lo que hace.
Cuando están terminando el mural, comienzan una
ceremonia en la que el padre, con la complicidad del muchacho,
narra la historia de los habitantes del pueblo. Anhela
tanto estar allí que confunde sus deseos con el
hecho de haber vivido en ese lugar. Podemos darnos cuenta,
por las acotaciones del hijo, que esta ceremonia del pueblo
fantaseado la repiten periódicamente.
Al terminar el juego, ante la evidencia expresa de que
a su hijo no le gusta mucho como él pinta, decide
irse a ese pueblo, entre otras cosas, según dice,
porque quiere morir en contacto con la naturaleza y porque
está cansado de pintar lo que desea, en lugar de
vivirlo. El hijo intenta desesperado convencerlo de que
se quede, argumentando que ellos y el lugar en el que
están también son naturaleza y que si algo
se pinta ¿Para qué vivirlo?
El clímax se produce cuando el hijo le declara
su amor y confiesa haber pintado las partes no reconocidas
por el padre porque quiere pintar como él. Y esa
es la mayor razón por la que no puede irse, porque
todavía no aprendió a hacerlo exactamente.
Cuando no se dé más cuenta, cuando él
pinte como el padre, recién ahí podrá
irse.
En el final, el hijo lo decide a seguir pintando juntos
en ese lugar, diciéndole que el pueblo-la fantasía-el
deseo existen mientras siga aquí, y que si va a
buscarlo corre el riesgo de no encontrarlo. Lejana
tierra mía está editada por Editorial
De la Flor, de Buenos Aires, en el Tomo 1 de las obras
de Eduardo Rovner. |
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| 2002 | Buenos Aires
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Elenco:
Osvaldo Santoro
Pablo Brunetti
Puesta en escena
y dirección general:
Oscar Barney Finn
Teatro :
Andamio 90
Estreno:
Agosto de 2002 |

“Bella obra, de lenguaje simple, directo pero nunca
vulgar y consecuente puesta en escena, la unión
de los personajes dispares es paralela a la reunión
del talento dramático de Rovner y la sensibilidad
estética de Oscar Barney Finn. Lejana tierra
mía se desarrolla en un ámbito
justo, realista, muy sugerentemente iluminado y sonorizado
por Barney. En el centro mismo del escenario una tela
transparente preside los pensamientos. En ella los pintores
volcarán la luz que esta Argentina reclama. Osvaldo
Santoro aporta a su padre experiencia y profesionalismo
y Paulo Brunetti al hijo, frescura y espontaneidad. Ambos
resuman calidez y emoción a flor de piel, esenciales
para el triunfo de este espectáculo de dinámica
reflexiva, cansina, de envidiable serenidad. Será
por eso, seguramente, que cuando la pieza acaba, el espectador
siente en su interior la placidez y la luminosidad que
antes fueron volcadas en tela blanca.
Lo que al principio parecen controversias o disputas y
hasta la amenaza de un viaje para superar la soledad y
el dolor que produce un país quebrado -Rovner habla
del nuestro naturalmente- hacia la conclusión,
la comprensión de las circunstancias y del otro,
muestran un entendimiento profundo de las cuestiones del
corazón y su concreción en la obra artística.”
Eduardo Giorello “La
pieza de Rovner va tejiendo, con hondura y delicadeza,
la compleja trama de afecto, rivalidad y contradicciones,
propia de tan estrechas relaciones familiares, máxime
cuando también hay coincidencia en la profesión.
Rasgo sutil: sin incurrir en un psicologismo elemental,
el diálogo sugiere la misteriosa ambigüedad
que atraviesa la ternura viril, obligada prácticamente
a recurrir a la constante agresión burlona y hasta
al rechazo del contacto físico, para eludir -aun
entre padre e hijo varón- cualquier sospecha equívoca.”
“.. va levantando vuelo hasta alcanzar un alto
nivel poético... La temperatura de la obra asciende
y, sin perder el tono coloquial, ingresa en un plano de
infrecuente altura en la dramaturgia argentina, hasta
un final para nada estruendoso, pero de gran impacto emotivo”
“... el director Oscar Barney Finn cumple una
labor sobresaliente. Se advierte el riguroso análisis
del texto -hasta se atreve a la expresividad del silencio,
calculado con precisión de orfebre- y la exigencia
a los actores, que dan lo mejor de sí mismos, y
que es mucho. También, como siempre en Finn, hay
un cuidado extremo de la plástica (es un hallazgo
la tela transparente detrás de la cual los pintores
crean la ilusión de que están trabajando),
de la luz, de las muy bellas ilustraciones musicales.”
Ernesto Schoo, La Nación
“Homenaje al arte y a los artistas que no renuncian
a sus ideales, conservando, por otra parte, su carácter
de símbolo de un país que aparentemente
no ofrece casi esperanzas, pero por el que vale la pena
luchar, destacando el amor por sus valores, tapados ahora
por un manto de mediocridad y de medio, a medias ocultos
tras la tela transparente que divide el escenario en dos
mitades.” ”La puesta de Barney
Finn muestra innumerables aciertos. Rescata la
belleza sin renunciar a la modestia y muestra la persistencia
de los sueños, que pertenecen a una realidad invisible,
pero tan real como la que percibimos con los ojos. En
el cuadro que pintan padre e hijo se conserva intacta
la hermosura de un tiempo que fue y que, según
la interpretación de Barney Finn
y la terca esperanza de Eduardo Rovner,
aún permanece esperando quien lo rescate.”
“Impecables y conmovedores. Osvaldo Santoro,
como el padre, compone a un hombre culto, lleno de ternura,
agradecido a las enseñanzas de su maestro, admirador
de Chagall y de los grandes de la pintura,
temeroso de los estragos que la edad ha hecho con su físico
y que cree que ya no tiene más para dar. El afecto
marca toda su interpretación, tan verídica
y sencilla que adquiere las características de
algo vivo, como si no hubiera un actor en escena, sino
alguien a quien puede conocerse en un bar o en la calle.”
”Junto a él, Paulo Brunetti,
el hijo aparentemente despectivo y rebelde, compone su
personaje con intensidad contenida. Un muy buen trabajo,
conmovedor y convincente.
La pieza de Rovner es gentil, sencilla
y emotiva y el espectáculo llega. Esto se percibe
en la atención que presta el público a todo
su desarrollo y se afirma en el aplauso final.
En estos momentos en los que la desolación, la
tristeza y el desánimo parecen habernos ganado
a todos, «Lejana tierra mía»
es como un abrazo, como una palmada en el hombro, como
una bienvenida palabra de aliento.” Nina
Cortese
“... Lejana tierra mía
se conecta con la tesis que Rovner plantea en todo el
cuerpo de su obra dramática: la prioridad del mundo
de los afectos por sobre el cumplimiento de los grandes
mandatos sociales. (...) En suma, la revalorización
del prójimo más cercano, del mundo de los
afectos familiares, de la vital necesidad del hombre de
ser en relación con los demás, de vincularse
solidaria y sentimentalmente con los otros.”
Laura Mogliani, Teatro XXI Nº 5 |
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